jueves, 27 de noviembre de 2014

Tocando la nieve

Nieve de algodón

Por Angélica Lara


Hace tres años decidimos ir al Chimborazo para tocar por primera vez la nieve. Subir esa montaña fue una de las cosas más duras que he hecho, pero no me iba a rendir, debía llegar por lo menos hasta el segundo refugio y tocar la nieve. A paso lento, pero seguro. Una vez que llegamos ahí tuve que sentarme a descansar y esperar que la sangre vuelva a mí. 
Subir el nevado es una experiencia que nunca olvidaré por dos razones: toqué la nieve y casi muero en el intento. 

Después de tocar la nieve tomé por cumplida mi meta así que le pedí a mi papá bajar rápido. Empecé a bajar la montaña, iba a una velocidad normal pero poco a poco iba yendo más rápido y no era por acción mía. Ya no estaba en la parte nevada sino en la rocosa, prácticamente iba corriendo y no podía detenerme, lo siguiente que recuerdo es que  me golpeé con una roca y un señor estaba viendo si estaba consciente. Mi papá casi se lanzó a ver si algo me pasaba y tocó mi frente preocupado, yo no sentía nada pero vi como la mano de mi papá salía con sangre, ahí entré en pánico. Gracias a Dios no quedé lesionada, pero mi papá no se iba a quedar tranquilo, cogió su correa y me amarró a ella, como perro, y no me soltó hasta bajar la montaña. No era agradable ver como las personas me quedaban mirando pero decidí dejarlo pasar por la preocupación que papá debió estar sintiendo.
Al menos podré decir que toqué la nieve y hasta cierto punto fue lindo.

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